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domingo, 22 de julio de 2012

Hay acompañantes

Porque hay acompañante hay acompañamiento terapéutico.
Así como hay psicoanálisis porque hay analista , es el deseo del at el que instituye el acompañamiento terapéutico. 
Deseo de acompañar que se encuentra en disyunción con el deseo de analizar. 
La vieja definición de acompañamiento terapéutico en la que se describe su labor como “no interpretativa” y “vivencial” no debería entenderse tanto como una prohibición (interdicción) sino como una imposibilidad; no tanto como una admonición sino como una advertencia: no hay acompañamiento terapéutico sin analista (o equipo terapéutico), pero especialmente: no hay AT donde hay analista.
Allí donde/cuando devengo analista, dejo de ser at.
Podríamos decir que el lugar y la función de at estaría marcado por las coordenadas de lo fraterno: el que está ahí, a la par, como testigo. El compañero que acompaña compartiendo el pan y la tarea.
Está aquí, a mi lado, en la escena cotidiana mientras la escena transcurre.
El analista, habitualmente, no está en la escena cotidiana mientras ésta sucede. Al analista se le relata la escena. El analista escucha un relato y atiende de manera flotante el discurso del inconsciente enmarcado en un dispositivo que intenta despojar toda referencia a la presencia de otro semejante.
El analista no es un semejante. El at sí.
Sostener que el at es un semejante para el paciente delimita un campo, una función y un lugar a la vez que excluye otros...


Fragmento del libro Acompañantes.
Pablo Dragotto y M.Laura Frank.
Editorial Brujas. Córdoba, Argentina. 2012

lunes, 6 de febrero de 2012

EL A.T. EN LA ESCUELA



En todos los casos la primera tarea del a.t. es el desarrollo de un vínculo de reconocimiento mutuo y cierta confianza con el niño.
En pocas situaciones se observa con tanta claridad la función intermediaria del a.t. como en el acompañamiento escolar. Para ejemplificar  caso de Lucía, una niña de 9 años de edad que habia desarrollado síntomas fóbicos con una intensa angustia ante la situación de separarse de su madre. La niña no toleraba estar lejos de ella ni siquiera durante unos minutos, aferrándose literalmente al cuerpo de su madre. Esta situación había tornado imposible la asistencia de la niña a clase ya que el desborde de angustia devenía en escenas de llanto incontenible ante cada intento de la niña permaneciera en la escuela. Habiéndose agotado las inasistencias previstas en el reglamento escolar se corría el riesgo de que la niña perdiera el año educativo. La psicoanalista convoca a una a.t. con la finalidad de intentar una contención in situ que haga posible la asistencia a clase de Lucía. Desgarradoras escenas de llanto desesperado, súplicas y promesas se sucedían ante cada intento de llevar a Lucía a clase. La angustia materna completaba la escena y hacía que cada vez que  la niña lograba hacer un movimiento hacia la separación, este era frenado, desalentado, de manera sutil e inconciente. La captura de las figuras significativas en la trama sintomática requiere de la intervención de un tercero que pueda analizar, interpretar, contener y acompañar concretamente en la separación de la madre y la inclusión en el. grupo social Compañeros-Escuela. 
En la mayor parte de los casos que llegan a psicoterapia, esa función es cumplida por el psicoterapeuta de niños que habilita un espacio para que el niño pueda desplegar su conflictiva, sus miedo, sus deseos. No obstante, hay casos en los que, ya sea por  la gravedad de los síntomas  o por los daños asociados a los mismos (en este caso la pérdida del año escolar) se hace necesario que alguien cumpla con esa función en el aquí y ahora  concreto de la escuela. Para ayudar a Lucía se incorporó al equipo a una a.t. quien intentaría contener y acompañar a la niña y posibilitar el desprendimiento de la mano materna. Así ambas (niña y madre) podrían experimentar el reencuentro al final del día escolar.
La a.t. hace de objeto transicional, tranquilizador, contenedor, para la niña. Participa de todos los sistemas involucrados pero no pertenece totalmente a ninguno de ellos (familia, escuela) excepto al sistema equipo terapéutico, pero este de por si ya cumple una función tercera respecto de los otros. Esa ubicación le permite adecuarse y moldearse a las ansiedades y deseos de la niña, sosteniéndola en ese pasaje necesario para luego soltarla gradualmente. Posibilita una experiencia que de otra manera no tendría lugar. Posibilita sin protagonizar. Acompaña hasta el borde del escenario.
En el caso de Lucía se trabajó con una a.t. que concurría diariamente a la escuela antes del horario de ingreso. Recibía  a la niña en la puerta de la escuela.  En un primer momento las escenas eran dramáticas: madre e hija aferradas llorando en el taxi que las traía. La a.t. no forzaba la situación pero insistía y contenía a la niña. Llamativamente la angustia de la niña disminuía cuando el taxi, con la madre en su interior, se perdía de vista. Durante las primeras semanas la a.t. acompañaba a la niña dentro del aula. Al principio sentándose a su lado, luego más lejos. Al cabo de unas semanas ya no entraba al aula sino que la esperaba en el patio. La niña de tanto en tanto salía a decirle algo o se asomaba a la ventana a verificar que aún estuviera allí. Fueron muy pocas las situaciones en las que fue necesario llamar a la madre a la escuela. Durante el último mes de acompañamiento se acordó que la a.t. recibiría a la niña en la puerta, la acompañaría al aula y luego saldría del establecimiento para pasar la mañana en un bar aledaño y con el teléfono celular encendido, en una especie de guardia pasiva. Si lucía lo necesitaba, llamaba y la a.t. se presentaba en la escuela. Este esquema le permitió a la niña no perder el año escolar y enfrentar las situaciones que desencadenaban el acceso de angustia pudiendo transcurrir la misma más allá del momento que anteriormente no podía trascender. Ni la madre ni los docentes podían realizar esa tarea y no por falta de tiempo o voluntad , sino por el lugar que ocupaban en la conflictiva de la niña. Al año siguiente la niña concurrió normalmente a la escuela.

(Agradezco a Cristina Rossi el material en el cual se basa esta viñeta)

martes, 10 de enero de 2012

Hospitalidad y extranjería en el acompañamiento terapéutico


trabajo presentado en el VI Congreso Internacional de Acompañamiento Terapéutico, Buenos Aires, 10, 11 y 12 de noviembre de 2011

Pablo A. Dragotto


En diversos trabajos acerca del acompañamiento terapéutico, encontramos, recientemente, referencias a la noción de Hospitalidad tal como fue planteada por Derrida. La ética de la hospitalidad sería para estos autores (Araújo , Dragotto y Frank (2006)) un modelo, una referencia para plantear ua ética del acompañamiento terapéutico. La idea de alojar sin precondiciones, aquello del otro que me resulta totalmente ajeno, es postulado por Derrida como un posicionamiento necesario en las sociedades de nuestros tiempos, caracterizadas por grandes movimientos migratorios y enormes desigualdades económicas y sociales. Esa idea es afín con la ética del AT en un sentido que sintoniza con los distintos movimientos que, en las últimas décadas ha logrado demoler las paredes del asilo psiquiátrico e instaurar, poco a poco, políticas a partir de las cuales los locos y la locura circulen en las ciudades y en las sociedades de la que son parte.

Sin embargo, quiero hoy focalizar nuestra atención en un aspecto cotidiano de nuestra experiencia como acompañantes terapéuticos. Al fin y al cabo, el concepto de hospitalidad, no deja de ser una idea política, planteada desde una posición dominante. De hecho, al formularla, Derrida lo hace desde la Europa rica y poderosa de fines del siglo XX y comienzos del XXI, en relación al fenómeno de la inmigración masiva de los excluídos del sistema económico imperante, provenientes de África, América y Asia quienes se arriesgaban y se arriesgan cotidianamente para burlar los muros, los perros y los gendarmes de la Union Europea en busca del sueño de hacerse “la Europa”. En ese contexto el concepto de hospitalidad discute y responde a la idea de “Tolerancia” propuesta por Habermas, planteando, precisamente, que hablar de tolerancia implica unas condiciones planteadas desde ese lugar de dominancia y poder: si tolero, tengo la capacidad de fijar condiciones y dejar de tolerar a ese otro. Incluso puedo expulsarlo de mi casa. La idea de hospitalidad plantea una apertura mayor de la casa, recibir a nuestro huésped sin reservas y sin condiciones. (Cita de Derrida)

Precisamente, los lugares de huesped y anfitrión estan claramente definidos.

De alguna manera el a.t., ante el loco, está imaginaria y socialmente del lado de los cuerdos, de las instituciones, del sistema de salud. Asimismo, de acuerdo a la ideologiá y las coordenadas teóricas y técnicas de su formación, el ejercicio del rol de a.t. lo llevan, precisamente, a dar un lugar a la palabra y la existencia del loco. Receptar, acoger, alojar… son significantes que escuchamos habitualmente en relación al trabajo del a.t. Orientan nuestra tarea cotidiana como acompañantes. Insisto: en tanto y en cuanto nos ubicamos como representantes de Otro mitigado, que renuncia a una cuota de su poder y se abre a recibir al loco sin condiciones, suspendiendo la respuesta marginadora y aplastante que habitualmente recibe

Quizás les resulte odioso lo que acabo de decir. Pero piénsenlo con cierta distancia. Despójense –si las tienen- de las buenas intenciones y la vocación samaritana o sanmartiniana… Al fin y al cabo trabajamos en transferencia y la transferencia otorga poder. El análisis y el acompañamiento terapéutico son disciplinas que implican un ejercicio estratégico de la transferencia y de la abstinencia en la utilización de ese poder transferido.

Ahora bien, dijimos que íbamos a hacer foco en experiencias cotidianas de acompañantes terapéuticos y, precisamente, en su trabajo, el visitante es el acompañante. La casa es la casa del paciente.

El at es un visitante que ingresa, por un tiempo, a un territorio que le es desconocido y en el cual su condición es, justamente, la de extranjero.

Es esta vivencia de extranjería la que quiero poner en consideración hoy ante ustedes, al proponerla como una característica definitoria del rol de a.t. y hacerla jugar con la idea de hospitalidad, no menos pertinente para pensar la etica en el AT.

Porque, independientemente de las connotaciones del at como representante del mundo de los cuerdos, en el aspecto más elemental y concreto de su tarea, cada a.t. que va a la casa de un paciente es un visitante, alguien de afuera que entra en ese microcosmos que es la casa del loco.

Las vivencias de extrañeza, de sorpresa, rechazo, miedo, angustia, ansiedad extrema, incertidumbre, desconfianza, son no solo frecuentes sino habituales en los primeros encuentros en casa del paciente.

Hablamos de ese ejercicio del rol de a.t. que constituye a definición paradigmática de esta profesión: el encuentro en casa del paciente. No desconocemos que recientemente y de la mano de la progresiva oficialización de las formaciones y de la profesión de a.t. asisitimos a una institucionalización del rol a partir de la cual muchos acompañantes comienzan a ser un profesional más dentro de las instituciones. Esta situación –importante conquista profesional- conlleva para algunos autores el riesgo de pérdida de aquello que es la herramienta de mayor potencia del AT: su posición marginal y su capacidad de intervenir in situ desde un lugar no institucionalizado, en la vida cotidiana del loco. Por nuestra parte, si bien observamos con atención esa posibilidad, consideramos que puede tratarse de una falsa disyunción entre el rol y el estatuto profesional del a.t. El rol del a.t., su trabajo de inmersión en la vida cotidiana de y con el paciente, como acompañante en andanzas por la ciudad, al lado del loco, no es necesariamente sinónimo de precariedada laboral. El logro de una titulación oficial, del reconocimiento de la profesión, de una plena inscripción en los deberes y los derechos como trabajador y como profesional no debería ser sinonimo de aburguesamiento, burocratización y encierro en las instituciones. Al respecto recomendamos la lectura del articula de Dozza y …….

Volvamos ahora a la clinica del AT, clinica andante, clinica en movimiento…

Decíamos entonces que la vivencia de extrañeza es caracerística del ejercicio del AT, en tanto situación de extranjería. El a.t. es un extranjero con permiso de visita al país del loco. Nunca un turista. Tampoco un ciudadano en ese territorio.

Cuando visitamos un país que no es el nuestro, si esa visita es voluntaria, suelen predominar sensaciones de dos clases: por un lado: expectación, entusiasmo, ansiedad, fascinación… por otro lado: extrañeza, desasosiego, inseguridad… reacciones ante lo desconocido, lo nuevo, lo diferente y lo ajeno.

Algo de eso nos sucede como a.t.s cuando vamos a la casa del paciente, especialmente en los primeros encuentros. Es lógico, quizás necesario, que así suceda. Esto quiero enfatizar: los sentimientos de extrañeza, el miedo, la ansiedad, etc. Son inherentes al trabajo del at en casa del paciente; no son un error ni un acting out. Constituyen una reacción esperable y lógica de la subjetividad del at en situación de extranjería y, por lo tanto es parte de su trabajo resolver qué hace con eso. Porque algo hay que hacer con eso.

Es entonces cuando cobra plena relevancia el dispositivo del AT que, a nuestro entender incluye: al o a los aa.tt., al paciente, el análisis del a.t., el equipo terapéutico y la supervisión. Eso es AT. No un acompañante y un paciente.

La vivencia de extranjería como inherente de la situación de A.T. contiene una riqueza y una potencialidad únicas para el devenir del tratamiento, en la medida en que pueda ser transitada, registrada y analizada a posteriori. En ese sentido , podriamos decir que funciona como una especie de portal de ingreso al AT con cada paciente: no es sin pasar por la sensación de extranjería que se se adviene a.t. Esto incluye sensaciones de confusión, angustia, indefensión, soledad, no saber qué hacer, rechazo, miedo, rabia hacia los familiares del paciente, entre muchas otras.

No en vano Maximiliano Peverelli y el equipo de Agora, dicen que alguien está en posición de a.t. cuando, en el trabajo con el paciente, irrumpe la pregunta “y ahora… ¿de qué me disfrazo?”.

¿Cómo sale el a.t. desde allí? ¿Hacia donde salir?

Ese es el problema: estas vivencias producen en nosotros, como aa.tt., la urgencia por salir de esa situación insoportable.

Las cosas se complican aún más por las exigencias superyoicas del a.t.: imbuido de la vocación asistencia, a la cual se ha sumado el ideal de la hospitalidad, la ideología de la inclusión social y los mandatos internalizados del tecnicismo…. Rechaza lo que experimenta: “No puedo sentir lo que siento!!” –piensa—“está mal sentir rechazo por el paciente”. No es raro que, en un intento por preservar el vínculo que se siente obligado a formar con el paciente (como si el vínculo pudiera “hacerse”), culpe a los familiares de la situación de éste y se alíe inconcientemente en una lucha contra ellos, identificado con aspectos parciales del paciente.

Otras veces, lo insoportable de la situación de extranjería, provoca apresuradas huídas: salir de la casa con el paciente, irse antes del acompañamiento o, incluso, abandonar el caso. Ahora sí estaríamos en el terreno del acting, no por lo que el a.t siente, sino si esos sentimientos lo llevan a actuar como reacción a sus sentimientos o rellenando con sus valores las aporías de la situación.

Pensemos juntos entonces, algunas alternativas que nos permitan transitar esos primeros encuentros del AT, en los que nos encontramos como inmigrantes recién arribados a un país extraño. Quizás lo primero sea no negar la situación de extranjería. Aceptar que no conocemos aún el lugar, el idioma, los códigos, los ritos: no conocemos al paciente, su casa, sus interacciones, sus padecimientos, sus ritos cotidianos, sus familiares, etc. ¿Cómo no sentirnos raros? Aceptar las sensaciones incomodas que nos sobrevendrán en los primeros tiempos, nos sentiremos “raros”, “descolocados”, angustiados…

Reconocer que tenemos un permiso de visita precario que puede caducar en cualquier momento. Hay allí una situación de difícil manejo clínico para el a.t.: por un lado, tanto el paciente como la familia tienen todo el derecho a interrumpir el acompañamiento cuando lo consideren. El acompañante teme ser expulsado, “deportado” y, a veces, es capaz de hacer cualquier cosa para evitarlo, incluso someterse a condiciones inaceptables o que condicionen peligrosamente el devenir del acompañamiento. Otras veces quiere huir.

Entender que nuestros “papeles” en ese país extranjero lo constituyen la indicación realizada por el equipo y la comunicación con el mismo. No somos inmigrantes ilegales, ni infiltrados, ni turistas, tampoco ciudadanos de ese país. Si el proceso de indicación del acompañamiento ha sido cuidadoso, es decir respetuoso del tiempo del paciente para aceptar el AT; se ha dado lugar a trabajar las dudas, los temores y las fantasías que esta indicación invariablemente despierta en pacientes y familiares; se han esclarecido equívocos y desconocimientos frecuentes respecto de tareas, roles y funciones del a.t.; si estos pasos se han dado en el proceso de indicación y puesta en marcha del dispositivo de AT, entonces tendremos a que remitirnos cuando surjan las primeras dificultades.

La sensación de extranjería es tolerable si sabemos que volveremos a casa cotidianamente, no solo en lo literal del volver a casa del at. –aunque éste sea un elemento a tener en cuenta al disponer frecuencia y duración de los encuentros— sino a los otros espacios del dispositivo en los que podemos pensar nuestra tarea: la reunión de equipo, la supervisión, el análisis del a.t.

Pero la situación de extranjería como inherente al AT no es solo padecimiento para el at, es aventura y deseo de acompañar. Ese deseo de entender, de seguir yendo al país del paciente, de incorporar lo ajeno, de soportar el rechazo…. Implica trabajo psíquico y vincular que tendrán sus efectos en la subjetividad del paciente. El esfuerzo del a.t. en perdurar en el rol, apoyándose en el dispositivo, transitando la incomodidad, despejando el campo para recuperar la capacidad de pensar, sentir y actuar terapéuticamente, ese esfuerzo que implica decodificar, entender, aceptar y transformar las demandas de las que es objeto.